Grecia Cáceres
Pese a su concisión, el poemario “Yo que siempre estuve aquí”, de Grecia Cáceres (1968) explora con complejidad uno de las temáticas poéticas por excelencia: la de los regresos. Desde un presente difuso, la voz poética levanta, una tras otra, las palabras que recuperan el pasado de su infancia en la Residencia San Felipe. Ya el primer poema —“San Felipe, clínica 19.01.68 —,articula la relación entre la memoria personal y la de los espacios. Si la voz poética representa su propio nacimiento, este no ocurre en un lugar insignificante, sino en un espacio convetrido en el epicentro a partir del cual se levanta el catálogo de los afectos, que hace de la poesía un refugio en medio de la intemperie. Así, lo cotidiano emerge con toda la fuerza del ritual. Hacer helados, leer un libro, terminar las tareas, escuchar la radio, ver television, escuchar musica, almorzar donde los abuelos, no son solo actividades del día a día, sino que también son hitos para el recuerdo en un barrio y una ciudad restituidos por medio de la poesía.De ahí que en “Yo siempre estuve aquí” haya dos formas de modernidad. La primera es la de la poesía, atenta a lo coloquial, sin evitar las imágenes ni cierta extrañeza del lenguaje a la hora de evocar. No obstante, esa modernidad poética pareciera confrontada a la otra, la del tiempo nacional. En este sentido, me animaría a señalar que la mencionada memoria de los espacios es también la de las utopías perdidas. Si las actividades cotidianas pautan el recuerdo individual, este no se delinea a partir de la nada, sino que se encuentra bien ubicado durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Aquí, la voz poética entra en resonancia con la revolución social y política que apuntó a la utopía de proyectar un país como el Perú en el futuro, una sociedad heterogénea, sí, pero cicatrizada por las diferencias. De este modo, la voz poética no resulta conservadora ni reaccionaria sino que, por más paradójico que parezca, encauza su modernidad en la melancolía de izquierdas que en su anacronismo revela toda su urgencia. Si acaso ya no es el tiempo de las revoluciones, esto no se debe al triunfo del neoliberalismo como al vaciamiento de nuestros sueños.Desde luego, la literatura da cuerpo a las paradojas que son inherentes a esta singular nostalgia de promesas sociales rotas, esos posibles que nunca acontecieron. En un pasaje se cuenta que el gobierno de Velasco habría expropiado de terrenos agrícolas al abuelo. Aunque no se dice, resulta evidente que este despojo marca a la familia, puesto que la desclasa y obliga a instalarse en Lima. Migrantes, exiliados, foráneos en su propio país, los miembros de la familia deben asentarse en Lima, esa ciudad “húmeda”, esa “lejana abstracción gris” de “mar gris” y “cielo gris”. La voz poética rememora una ciudad a la que considera como propia, pero desde el signo de la extranjería condicionada por una amputación simbólica a la tribu. Es a partir del despojo primordial que las palabras se hacen poesía, adquieren su verdadero valor. La poesía nunca expresa lo visible ni lo que está ahí, antes bien da cuenta de lo invisible, lo desaparecido, lo que alguna vez estuvo. Y al hacerlo le entrega una nueva materia.El desafío no es otro que abandonar las islas felices para saltar al vacío; en otras palabras, descubrir que vivir es ser un extranjero permanente. También que no hay manera de regresar, que siempre el territorio dejado detrás se aleja para dejar a las palabras agitarse para alcanzarlo. En esa tarea o misión irrealizable se resuelve la ecuación de la poesía. Porque el regreso imposible es a la vez una vuelta a la memoria, porque gracias a las palabras se recrea, acaso de manera más sutil y a la vez verdadera. El símbolo y la metáfora convergen para rescatar el pasado en toda su complejidad. La palabra concluye en ese vacío lleno de recuerdos que es el nuestro, el de los peruanos.