EUGENIO ROQUE DE ESCOBAR
El naturalismo en literatura resulta un producto muy poco natural. Si en la avalancha de los movimientos filosóficos surge como una respuesta contra el idealismo, cubriendo un espectro que va del materialismo al positivismo -pasando por el singular panteísmo de Spinoza-, en las letras aparece (principalmente en Francia) como una reacción frente a los románticos.La fuerza del naturalismo -y lo que lo hace vigente en nuestro fin de siglo- no la encontraremos en su aspecto más evidente, lo que las enciclopedias llaman la 'representación de la naturaleza', sino en su método experimental y, principalmente, en su descripción de los hechos sin idealizaciones, sin ningún prejuicio moral o estético.En Tartarín de Tarascón, Daudet nos ofrece una visión humorística de las fantasías aventureras de un buen burgués de provincias del siglo XIX. Tartarín es un personaje en el que conviven los espíritus de Don Quijote y Sancho Panza: la sed de aventura alimentada por la literatura frente a la contundencia de una realidad que parece prescindir de toda lógica novelesca.